El desarrollo del movimiento popular exige avances concretos en su reorganización política e ideológica. Somos conscientes del desbalance de fuerzas en la actualidad, donde la burguesía y su aparato estatal mantienen el control de los medios de producción, del aparato represivo, y de los grandes medios de comunicación. Sin embargo, Lenin sostenía con firmeza la urgencia de resistir incluso en condiciones desfavorables, apostando por aquellos elementos más conscientes y comprometidos que estén dispuestos a asumir la responsabilidad histórica de la lucha revolucionaria.
En el Perú, vemos cómo las masas, en diversas regiones del país, han comenzado a rechazar el pútrido régimen. La deslegitimación del Ejecutivo, encabezado por Dina Boluarte, del Congreso corrupto y del Poder Judicial al servicio de los intereses oligárquicos, evidencia una crisis del Estado. Esta crisis es estructural, parida desde antagonismos entre las necesidades del pueblo y los intereses de la burguesía burocrática, un cambio de nombre con Jerí, lo saben de antemano, solo busca desviar la lucha popular.
El Estado reprime selectivamente al movimiento popular mientras garantiza impunidad y beneficios a los grupos empresariales y al lumpenproletariado que lucran con la crisis. Por un lado, vemos una pugna interna entre facciones que disputan el control frente a las elecciones; por el otro, una colusión de todas ellas contra el pueblo, buscando mantener las condiciones laborales precarias, criminalizar la protesta y profundizar el modelo extractivista que saquea y empobrece nuestro territorio.
Esta dominación no solo se ejerce mediante la fuerza bruta. Existe también un proceso sistemático de embrutecimiento cultural, sostenido por los aparatos ideológicos del Estado, que promueven una cultura de masas, que aliena al pueblo peruano llevándolo a ser un mero consumidor. Esta cultura sirve al capital, pues mutila la conciencia de clase y obstaculiza la construcción de una conciencia revolucionaria.
No obstante, y a pesar del reflujo general del movimiento de masas, se ha abierto una ventana de oportunidad. Las huelgas, bloqueos, paros regionales y la participación activa de sectores populares —transportistas, gremios de trabajadores, juventudes populares, comunidades campesinas y pueblos originarios— revelan un germen revolucionario. El movimiento desborda a las organizaciones oportunistas, burocráticas y reformistas que ponen a cola sus “Nuevas constituciones” aplacadoras del colapso estatal, nosotros ponemos sobre la mesa la necesidad de construir una dirección revolucionaria a la altura del momento.
Pero esto no ocurrirá de manera espontánea. La organización es la condición necesaria para que la protesta pugne por el poder. Urgimos de una estrategia política que no se limite al economismo, sino que apueste por la construcción de su dirección proletaria: en los barrios, en los sindicatos, en los centros de estudio, en las comunidades, en cada rincón donde la explotación y la opresión se manifiestan. La politización del conflicto es clave para evitar que las luchas queden atrapadas en demandas coyunturales y sean capitalizadas por la reacción y el oportunismo.
El reformismo ha demostrado una y otra vez su incapacidad para ofrecer salidas reales a la crisis. El cambio profundo que necesita el país no vendrá desde el interior del viejo Estado, sino desde la toma del poder de parte del pueblo. La experiencia histórica de otros pueblos —desde la Comuna de París hasta la Revolución Bolchevique, pasando por las luchas latinoamericanas— nos enseña que el poder no se disputa dentro de las reglas del opresor, sino construyendo nuevas formas de poder popular, autónomo y arraigado en las masas.
En conclusión, la tarea es política. No basta con resistir: articulemos el programa democrático-popular, una organización proletaria que dispute no solo el poder político sino también el sentido común de las mayorías. Solo así podrá abrirse paso un proceso verdaderamente emancipador, capaz de transformar la rabia popular en una fuerza consciente, organizada y capaz de romper con las cadenas de la dominación capitalista.
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