Una vez más, la población peruana es llamada a las urnas. Cada cinco años, el Estado peruano renueva su rostro más no la estructura que la sostiene. En momentos como este, es importante recurrir a la historia y sacar lecciones. Sin ir muy lejos, vayamos a las elecciones del 2021, en las que fue elegido Pedro Castillo. Para muchos, representante del pueblo; para otros, un improvisador. Pero ante nuestros ojos, resultó ser un lacayo más de la izquierda electorera de oposición aceptada. No existe en la actualidad partido político que represente realmente los intereses del pueblo, lo que sí abunda es el fraccionamiento de posiciones políticas, muchas de ellas buscando el enriquecimiento de sus bolsillos.
En realidad, estas elecciones y las que le precedieron son un mecanismo que
afianza el poder de quienes gobiernan el Perú, la gran burguesía peruana. La
que controla los lobbies, impulsa leyes y decretos, favorece mercados y promueve
una serie de normativas que los enriquecen más. Todo ello en desmedro de
quienes luchamos por mejoras laborales, salud, educación, trabajo, defensa de
la tierra, cada vez tenemos menos derechos. Existen quienes nos oprimen,
explotan y venden la idea de superación cuando apenas costeamos nuestros medios
de vida. Si se eligiera a otro Castillo, sería un lacayo más con rostro andino,
sin poder, probablemente terminaría preso. Así manifiesta su poder la gran
burguesía, nos alienta a participar y a ejercer nuestra libertad para elegir,
no para decidir lo mejor para nosotros. Esa decisión está en sus manos, no en
la nuestra.
Entonces, ¿a qué se le llama “fiesta democrática”? Al circo que monta cada
cinco años la gran burguesía peruana, a la cual se han sumado 32 partidos
políticos que defienden y justifican este proceso vendiendo la idea de cambio,
la idea de ser más responsables con nuestro voto; cuando en realidad generan la
obligación de elegir entre el “mal menor y mayor”, basarse en este criterio solo
preconiza la corrupción y legitima el status
quo. No es posible construir el cambio bajo la sombra de este sistema.
El pueblo peruano, en reiteradas ocasiones y a lo largo de los años se
moviliza y reclama en cada paro y huelga por nuevos cambios y justicia. Sin
embargo, las instituciones del Estado que se mueven por nexos, contactos y
favores, clara expresión de clientelismo se legitiman por medio de las
elecciones. Cuando la realidad pesa más que el voto, se nos responsabiliza. ¿A
quién se puede elegir si todos son secuaces de la gran burguesía? defienden sus
intereses. Así fue elegido el candidato de Renovación Popular, se decía que un
rico no puede robar y la verdad es que ha robado más que en los años que fue
favorecido por el gobierno fujimorista. No hay corderos cuando todos son
verdugos. Y otros levantan polvo promoviendo una Nueva constitución, como si
cambiando la ley fuera suficiente para que la situación mejore. En realidad, el
problema radica en la constitución del Estado y en el sistema en el cual está
engranado, el capitalismo y las clases sociales que existen para diferenciar el
estatus social.
Para hacer frente al aparato que ha montado la burguesía es necesaria la
organización del oprimido. Hace falta que nos unamos con un fin común y que el
descontento popular se haga fuerza y se consolide en un solo frente. Y a su vez,
entender que el Frente por sí mismo no es suficiente, es necesario un partido
nacido de las entrañas del oprimido, que entienda sus necesidades y luche por
sus intereses para recuperar lo que nos han ido quitando mediante reformas que
han privilegiado aún más al rico y a nosotros nos han sumido en la pobreza y
resignación.
Entonces, ¿qué hacer frente a las elecciones? La respuesta es evidente:
organizar al pueblo y fortalecer los espacios de organización que aún persisten
en la lucha. Porque aun si la mitad de la población no acuda a las urnas, el
proceso se legitimará. El ausentismo se hará presente, los votos nulos y los
votos en blanco también. Es la expresión clara del descontento y no la falta de
civismo o compromiso con la patria, porque no existe en este contexto
transparencia o credibilidad. Y tal es el caso, que para defender lo
indefendible se nos obliga a votar, de lo contrario hay represalias: las multas.
No votar es simplemente el acto más consciente. Pero, ¿cómo está el pobre al
cual se le dice: tu voto cuenta? No cuenta cuando reclama sus derechos, al
final se le culpa si no elige bien, así es la hipocresía de las elecciones
burguesas.
No hace falta enumerar todos los procesos electorales que han existido en
el Perú. La mayoría entendemos que algo no funciona bien y no es porque hace
falta valores o educación, es el aparato que sostiene la maquinaria llamada
Estado. Bajo el capitalismo solo puede favorecer a una clase: la gran burguesía,
el oprimido y explotado no tienen ni voz ni voto, aunque se hable de derechos
humanos, dignidad y libertad. En realidad libertad y justicia están bajo el
prisma del sistema y un opresor. Y es así como en el plano económico, social y
cultural esta maquinaria mueve sus hilos y ajusta sus políticas para seguir
operando bajo la misma lógica, y en ese proceso, las elecciones significan una
reconstitución de sus fuerzas.
Lo que proponemos no es una
reforma del sistema electoral ni la creación de un nuevo partido para las
urnas, sino la construcción de una organización popular de alcance nacional,
con arraigo social y un programa propio guiado por una ideología democrática, capaz
de sostener la lucha política más allá —y en contra— de los límites impuestos
por la democracia burguesa. En ese sentido, como señala Mao Tsetung, «la
corrección o incorrección de la línea ideológica y política lo decide todo».
¡Contra el viejo orden que mutila al pueblo, unidad
consciente: Mariátegui nos guía!
¡Por un Programa Democrático Popular de alcance nacional!
¡Organicemos, eduquemos y dirijamos a las masas populares!
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